viernes, 24 de septiembre de 2010

ENAMORÀNDONOS DE DIANA!


GRAN CONCIERTO DE LA PIANISTA Y CANTANTE EN SU CUARTA VISITA A BUENOS AIRES


Acompañada por la mejor banda que trajo a esta ciudad, la canadiense brilló ante un público incondicional y seducido de antemano. Aunque se suponía que sería la presentación de Quiet Nights, su último disco, el concierto fue más vital y poderoso.

Por Diego Fischerman


Si su último disco, Quiet Nights, transcurre entre el susurro y el silencio, enmarcado en una envolvente orquesta arreglada por Claus Ogerman, ya el comienzo del excelente recital con el que Diana Krall retornó a Buenos Aires puso en claro que, por lo menos esta vez, en vivo sería otra cosa. “I Love Being Here with You”, con un arranque instrumental a todo trapo y Krall pasando del piano a una voz un poco más aguardentosa –y un poco más vital– que de costumbre, fue, en ese sentido, un principio y una declaración de principios: el canto como un instrumento más y un destacado desarrollo instrumental con solos de cada uno de los integrantes, incluyendo a la propia Krall como pianista.



El grupo con el que llegó es, tal vez, el mejor con el que lo haya hecho hasta el momento (ésta es la cuarta incursión porteña y la anterior fue en 2007). En la guitarra eléctrica estuvo, como en aquella ocasión, Anthony Wilson, quien toca con ella desde hace ocho años, y se maneja con igual soltura y musicalidad en el papel de acompañante, con armonías ricas y contrapuntos exactos, y como solista, desarrollando líneas melódicas siempre con algo de sorpresa en su rítmica. Robert Hurst, que fue contrabajista de la banda de Wynton Marsalis y tocó con su hermano Branford y, también, con el saxofonista Steve Coleman, aportó una base de gran solidez, fue lírico en sus solos, mostró un poderoso impulso motor y cuando tocó con arco demostró un sentido melódico y armónico impecable. Karriem Riggins, habitual baterista del trío del pianista Mulgrew Miller, también aportó variedad e interés a los desarrollos de los temas y se mantuvo en perfecta comunión con la cantante. Eventualmente, si algo sigue emparentando a Krall con el jazz, aun en sus momentos más cercanos al pop, es la interacción que propone con sus grupos.


Aunque el show se publicitó como la presentación en vivo del último disco –que en realidad ya tiene más de un año– hubo bastante poco de él no sólo en relación con el material elegido sino, sobre todo, en el espíritu. Estuvo, sí, “Quiet Nights”, la versión en inglés de “Corcovado”, de Tom Jobim, que Miles Davis había grabado con arreglos de Gil Evans en 1962. Y estuvo también “Walk On By”, de Burt Bacharach, que forma parte del álbum. Pero el tono estuvo lejos del homenaje a la bossa nova que allí se buscaba. Volvió a ser, en esta ocasión, lo que siempre había sido: una bella balada capaz de acercarse al imaginario del jazz. En ese sentido tampoco Bacharach, un autor que Krall confiesa amar y que incluye con asiduidad en su repertorio, es ajeno al género: músicos como Wes Montgomery, Grant Green o Stan Getz tocaron sus temas en más de una oportunidad. Hubo asimismo dos canciones de Tom Waits, “Jockey Full of Bourbon” y, ya como bis, “Clap Hands”, y un tema de Walter Hirsch y Fred Rose, “Deed I Do”, en el que hubo un extraordinario solo de contrabajo.



Krall habló poco, bromeó algo, presentó a su banda, nombró a su marido (Elvis Costello) antes de cantar la notable “Abandoned Masquerade” que compusieron a dúo, y jugó a confundirse y cambiar de idea, como cuando anunció el final del show con un homenaje a Irving Berlin y después se corrigió. “No, mejor antes otra canción”, coqueteó. Y fue “A Case of You”, de Joni Mitchell, a solas con el piano, en uno de los momentos más logrados de la noche, antes de atacar con “Cheek to Cheek”, aquella canción que cantó por primera vez Fred Astaire en la película Sombrero de copa, de 1935. El público, que llenó el teatro, mostró una incondicionalidad que excede en mucho la que cualquier otra figura afín al jazz es capaz de lograr. Seducido de antemano, podría pensarse, respondió a los mínimos mohínes de la canadiense con adoración. Krall no abusa de ello. Confía, sobre todo, en la música. Y es que su glamour aparece, sobre todo, en los graves de su registro, en su manera de usar la rugosidad del timbre, en la forma de administrar el medio tono y en un swing sin sobreactuación. Domina, en todo caso, el arte de la sugerencia más que el de la explicitación. Y eso, en música, suele ser tan efectivo como en otros campos.

DIANA KRALL

Músicos: Diana Krall (piano y voz), Anthony Wilson (guitarra eléctrica), Robert Hurst (contrabajo) y Karriem Riggins (batería).

Lugar: Teatro Gran Rex, jueves 23 de septiembre

Público: 3300 personas

Publicado por ROBERTO BETO PINCETTI


Fuente: elrefugiodelosmusicos.blogspot.com





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